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José Vicente del Valle Fayos

Nació, creció y se complicó la vida. Hubiera podido ser domador de erizos, coleccionista de corchos de cava o afinador profesional de triángulos en orquestas escolares, pero se le ocurrió estudiar ingeniería. Concretamente, Ingeniería Informática, que es como ingeniería pero con más siglas, más insomnio y menos vida social. Mientras otros niños jugaban al fútbol, él desfragmentaba discos duros. No por necesidad, sino por placer. Esto ya decía cosas sobre él. Cosas preocupantes.

Antes vino la fase de los másteres. Porque uno no se hace a sí mismo sin después pasar por el proceso burocrático de certificarse. Y claro, ya que estaba metido hasta el cuello en la piscina de la ilustración académica, decidió tirarse de cabeza a por el doctorado. No por estatus. No por dinero. No por prestigio. Sino por la misma razón por la que alguien escala el Everest: porque estaba ahí. Porque nadie se lo prohibió. Porque la montaña del saber tiene un albergue con WiFi.

Escritorio de José Vicente del Valle Fayos

Escritorio de José Vicente del Valle Fayos. Elaboración propia.

En algún momento de esta deriva perfectamente innecesaria acabó cayendo en la Ingeniería del Conocimiento, que consiste básicamente en intentar explicarle a las máquinas cómo está organizado el mundo sin que las máquinas se rían demasiado de nosotros. Ontologías, grafos y taxonomías: poner en orden el caos con etiquetas que a su vez necesitan otras etiquetas. Mientras otros clasifican mariposas o vinos, él clasifica conceptos. No porque el universo lo estuviera pidiendo a gritos. No porque alguien levantara la mano y dijera "por favor, formalicen la realidad". Sino porque existe esa peligrosa tentación de creer que si nombras bien las cosas, quizá durante unos segundos las cosas parezcan tener sentido. Luego ya se estropea, claro. Pero esos segundos compensan.

Ahora vive instalado en esa región discreta donde se acumulan los libros, las ideas y los proyectos que nadie ha pedido pero que, inexplicablemente, alguien termina conquistando. Una especie de laboratorio doméstico donde el pensamiento se examina a fondo y la realidad se impone implacablemente. Cree en el esfuerzo y en esa obstinación ligeramente incómoda de dar sentido a las cosas antes de que las cosas pierdan la razón y su encanto. No trabaja para deslumbrar a nadie -eso exigiría un público-, sino por una convicción más sencilla y más problemática: la de afrontar el devenir de los acontecimientos con valentía.

Así que, para él la excelencia no es una meta, sino un camino lleno de caídas, compilaciones fallidas y reinicios forzosos. Cree que un buen ingeniero no es quien lo sabe todo, sino quien sabe dónde buscar cuando no sabe nada. Y que un buen sistema debería seguir vivo cuando tú no estás, pero si estás, mejor. Y así pasa los días: entre conceptos, susurros y líneas de código. Entre lo tangible y lo improbable. No para dejar impronta, sino para demostrar que alguien, en algún momento, intentó hacer las cosas bien...